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By Cristina Merino

Una banda de forajidos llega al hogar de una familia en busca de un hombre. Gunther, el líder de l. a. banda, cree que este hombre les traicionó tras un robo. Es el comienzo de un largo viaje que les llevará hasta el resto del dinero y al verdadero traidor... Un comisario obsesionado por darles caza, tres hombres unidos por los angeles codicia, una joven ingenua, un misterioso hombre de ethical ambigua y una muchacha sedienta de venganza se unirán a Gunther y su banda en un pueblo del oeste llamado Redención.

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Caíste porque yo caí. Eso no te lo había dicho. De espaldas a él, Lostman movió l. a. cabeza, envuelta en sombras. l. a. respiración de Burton se hizo más profunda y pausada. Éste, agotado y dolorido, acababa de rendirse al sueño. Los dos hombres desmontaron, hablaron un momento con los tres hombres que los esperaban, uno se hizo shipment de los caballos y cuatro procedieron a subir las escaleras que los separaban de los angeles acera. Los ojos negros giraron entonces hacia los angeles puerta, justo enfrente de él más allá de otros barrotes, tan gruesos como los de los angeles ventana. Poco después el grupo de hombres entraba en l. a. cárcel con el comisario Talbott y el sheriff Badley a l. a. cabeza. —Señor Lostman. —Comisario. Talbott se acercó a l. a. celda. Le tendía un puro. Lostman se acercó también a los barrotes y lo cogió. Mordió l. a. punta y los angeles escupió a un lado. Los labios del comisario Talbott sonreían bajo su grueso mostacho encanecido, mientras movía l. a. llama de una cerilla bajo el extremo del puro de Lostman. —Es un habano, Lostman. �Habías fumado alguna vez un habano? —No —respondió el aludido, soltando una humareda. —Ah —replicó el comisario, serio—, pues no sabes lo que te has estado perdiendo, muchacho. —Espero que me regale usted una caja, Talbott —respondió Lostman, devolviéndole los angeles sonrisa. El comisario sonrió de nuevo. El sheriff se había sentado sobre l. a. mesa, al igual que uno de sus hombres. El segundo ayudante se había acomodado en una silla junto al rincón. —Ahora, hablemos un poco, �eh? —dijo Talbott— Estos caballeros no están aquí para perder el tiempo, ni yo tampoco. Este es un pueblo pequeño, sólo hay un par de celdas, y no queremos molestar, siendo forasteros como somos… —El comisario Talbott lo miraba con amabilidad— Seamos consecuentes, Lostman. Tú eres un tipo listo. Inteligente, diría yo. Mucho más que esa chusma con los angeles que vas… Por cierto, �qué le pasa? —sus ojos se centraban en Burton. —Está…, dolido, comisario. Yo diría que el mundo le ha jugado una mala pasada. —Dolido, �eh? De eso no puede culpársele. —Es possible que eso sea lo único por lo que usted no conseguiría hacerle pagar. —Hum… No, no creo que el mundo tenga nada que ver con lo que le pasa. Y tampoco con lo que te pasa a ti, Lostman. Eres listo. Sabes que tengo razón. Y sabes también cuál es tu papel aquí, �no es cierto? Lostman fumaba con tranquilidad. Sus ojos se fruncían debido al humo, dando una expresión inquisitiva a su rostro. Lostman preguntó: —¿Y qué es lo que usted sabe? los angeles sonrisa del comisario no acababa de asomarse a sus ojos. —Ambos sabemos lo que estoy esperando oír, muchacho —dijo. Lostman movió l. a. cabeza. —¿No ha encontrado al viejo todavía? Pues deje que le diga que me extraña un poco, Talbott, porque fue lo suficientemente hábil como para cazar a tres de cinco en el primer intento. —Tuve…, un pequeño problema con el guía: tu jefe lo mató esta mañana. —Bueno, los primeros que caen son los que van delante, comisario. Estoy seguro de que el tipo lo sabía. Y usted también. —Era un gaucho. Muy bueno rastreando. —Los gauchos suelen serlo.

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